miércoles, 12 de marzo de 2025

VILLA DEVOTO

RELATO


EL PREMIO


Escribe: NORBERTO MALAGUTI
Vicepresidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto. Vecino


Raúl, acababa de recibir la citación para el enrolamiento militar.

Era una suerte, pensaba, el haber ingresado al Correo, porque le iban a mantener el empleo hasta su baja militar.

Francisco su padre, hubiera deseado que como era su único hijo varón, continuara en su mismo oficio, en el herraje de los cascos de los caballos, Pero Raul, curiosamente manifestaba un gran temor a dichos animales.

Una tarde de febrero, sus hermanas y Liliana su novia del barrio, lo fueron a despedir en el playón del Regimiento de Patricios, lo vieron subir a los camiones junto a una multitud de jóvenes aun vestidos de civil, para ser distribuidos, como si fueran reses, a distintos destinos militares del país.

El tren que le toco, lo llevaría a un destino poco conocido, Zapala.

Debería esperar seguramente unos cuatro meses, según se entero al llegar a destino para poder volver a ver a su familia, cuando cumpliera con la jura a la Bandera,

Sin embargo, su retorno no sería el esperado, su regreso fue en un ataúd sellado, con un certificado de defunción a causa de una peritonitis.

Nadie sabía en ese entonces, que Raúl, fue víctima de su temor a los caballos.

Su sargento primero, conociendo esa debilidad, lo obligaba a gatear entre las piernas de los animales, previa a las clásicas cepilladas de los lustrosos pelos de aquellos potros.

Una mañana uno de ellos le destrozo su cien de una patada certera.

Tampoco, sabia en ese momento que Liliana llevaba de él, una vida en gestación, producto de los furtivos amores de zaguán.

Claudia, tía de Liliana, mujer de carácter, como se decía, quedó viuda muy joven, sola, sin hijos, habitaba una modesta casa en la calle Bazurco, sobreviviendo con la pensión de su marido, marino mercante, y de los favores asistiendo a los vecinos, con aplicaciones de ventosas, inyecciones, o de madrona en algún parto domiciliario.

Se hizo famosa su persona, y estuvo en boca de comerciantes y compradoras en la feria de Franco, por aquel puñetazo que le propino al sacerdote del barrio, vaya a saber por cual razón, de las decenas de versiones que se tejieron de ese hecho, no fue la boca de Claudia quien emitiera palabra sobre el tema.

Ambas mujeres se unirían intensamente, era ella quien acogería en su casa y acompañaría a Liliana, cuando su embarazo ya no pudo ser disimulado, a consecuencia de ser rechazada por su familia.

Junto a ella vio nacer en el hospital Zubizarreta a Laura, una niña preciosa que parecía devolverles esos ojos verdes inmensos de Raúl.

Ya convertida en la Nona Claudia, fue su apoyo de crianza. Era habitual ver abuela y nieta juntas de la mano haciendo las compras en los negocios del barrio.

Liliana, trabajaba de overloquista en Villa Ballester, era un sueldo pequeño pero les permitía sobrevivir sin sobresaltos importantes.

Don Olfav, era el dueño del establecimiento textil donde Liliana trabajaba.

Hombre de carácter serio, que intentaba ser severo, sobre todo con las llegadas tarde de las empleadas a su cargo, pero como con sus retos y reprimendas, o descuentos que finalmente solía perdonar no daban el mínimo resultado, eligió un camino diferente.

Aconsejado por el Ruso Hershele, otro inmigrante de aquellos alemanes de Volga, le propuso que estableciera un premio a la puntualidad, para todas las que no llegaran tarde al trabajo ni un solo día durante el mes...

Él, le agrego su avaricia a la propuesta, se los pagaría si cumplían con la puntualidad durante tres meses seguidos.

En aquellas caminatas de compras con su abuela, Laurita, ya con cuatro añitos cumplidos, soñaba con que los Reyes Magos, le trajeran ese caballito hamaca, tan precioso que se exhibía en el negocio de José Panizza.

Liliana, encontró una posibilidad para cumplir la ilusión de su hija, con el premio y algún ahorrito acumulado, podría generar el milagrito.

Apoyada por Claudia, y con la complicidad de Martha una macanuda compañera que le salvo una llegada tarde en noviembre, aprovechando que don Olfav había viajado al sur en busca de hilados.

Ese último día laborable de diciembre, Laurita se despertó con algunas líneas de fiebre, su madre en la angustia de la situación se demoro más de lo habitual, cuando reaccionó, se acordó del premio, se ató el pelo a la ligera, tomó su monedero de mano y se dirigió, como tantas jornadas a la Estación Migueletes del Ferrocarril Mitre, bajó rápido el terraplén de la avenida Gral. Paz, llego al cantero central, y notó el temblar de puente de hierro que indicaba la llegada del tren, no lo podía perder.

Días después, en la edición semanal del periódico La Razón de Villa Devoto, salía a media página un espléndido aviso de los rodados de la bicicletería Panizza.

En un rinconcito, de una sola columna, bajo un escueto título que expresaba, “Una joven vecina perdió su vida”, Una joven de 24 años que intentaba cruzar la avenida General. Paz, a la altura del puente de Migueletes, fue arrollada por un vehículo que le produjo la muerte instantánea, deja una niña huérfana de corta edad.

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